La cosecha del dolor


Por Nahuel Messina
@nahmessina


█  Sobre Strange Fruit, de Billie Holiday

Muchas veces el arte es hijo de la presión, la diferencia y la negación. Al decir que algo es “cosa de negro” hacemos referencia a aquello que me es ajeno, a la representación que se tiene del otro, y más sutilmente, a la delgada línea que marca la diferencia. 

En los márgenes -allí donde no se desea alumbrar-, expresarse implica tratar de sortear todas esas limitaciones, resignificar una identidad y catalizar el dolor de manera creativa. Billie Holiday confesó en sus memorias que sólo podía cantar aquello que sentía. De su boca brotan las crudas melodías de una vida golpeada por la condición de ser mujer, pobre, negra y adicta, potenciada también por la exposición de haberse vuelto una de las figuras más populares de los Estados Unidos en plena emergencia del jazz. Una historia machucada por burdeles, abusos sexuales, desamores, discriminación, heroína y fama, pero a su vez iluminada por un talento sin igual que encontró esperanza en la música de Louis Armstrong y Bessie Smith.

La excusa de recordar algún artista, hito o género musical en particular es sólo un ejercicio de memoria para correr el polvo de los años y ver que eso que pasó ayer sigue vigente, oculto en el silencio o expuesto con naturalidad en la escena diaria. La intolerancia respira y mata, a veces con un vehículo -como en Charlottesville, el 12 de agosto de 2017-; otras con un dedo. 

Billie Holiday puso sobre la mesa blanca del espectáculo yankee una de las primeras canciones de protesta. Originalmente, Strange Fruit fue un poema compuesto por Abel Meeropol, un profesor judío y blanco, militante del Partido Comunista, allá por 1937, en reacción a las fotografías del linchamiento de los afroamericanos Thomas Shipp y Adam Smith, que habiendo sido condenados por robo y violación, fueron sacados de la cárcel -con ayuda de la policía-, golpeados y colgados de un árbol por una multitud. En el imaginario colectivo es un vergonzoso recuerdo de la violencia sureña aplicada a la comunidad negra. 


La historia cuenta que la primera vez que Lady Day cantó Strange Fruit tenía sólo 23 años y lo hizo ante el público del Café Society de New York. Nadie aplaudió, se apagaron las luces y ella desapareció. Apenas pudo recuperarse de la descompostura que le ocasionó tan desgarradora interpretación. “Cantarla me afecta tanto que me pone mal. Me deja sin fuerzas”, escribió alguna vez sobre ese tema.

Grabó la canción en 1939, en un estudio alternativo porque el que frecuentaba se negó a hacerlo. Desde allí, fue una pieza que permaneció en tensión el resto de su carrera por la presión de los productores para que la descarte del repertorio, por la misma angustia que le causaba, por su convicción y por el amedrentamiento del FBI. Holiday no era una activista, pero el tema le recordaba la muerte de su padre, a quien se le había rechazado la atención médica por su color de piel.

Strange Fruit es sólo un ejemplo, entre muchos, de canciones que operan en la memoria y nos apelan desde la responsabilidad. Su letra, a través de la sufrida expresividad de Holiday, siendo allí más que nunca un sujeto hecho de carne e historia, trasciende las distancias temporales, espaciales y culturales en las que nos encontramos para tristemente develar que aún hoy, año 2019, seguimos cosechando fruta amarga. 

Extraña Fruta (Strange Fruit)

De los árboles del sur cuelga una fruta extraña, 
Sangre en las hojas y sangre en la raíz, 
Cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur, 
Extraña fruta que cuelga de los álamos. 

Escena pastoral del galante sur, 
Los ojos saltones y la boca torcida, 
Aroma de las magnolias, dulce y fresco, 
y el repentino olor a carne quemada. 

Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos , 
Para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire, 
Para que el sol la pudra, para que los árboles la suelten, 
Esta es una extraña y amarga cosecha.

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