El nuevo color del ska mexicano


Por Rafael Frías
@rafffrias

Con 3 años en sus espaldas, estos chicos de a poco, sigilosamente, acaban de editar su primer título homónimo que no sólo afirma el buen momento creativo y motivacional que pasa México en cuanto a ritmos jamaiquinos (a pesar de las carencias que cada movida tiene), sino que deja claro cuánto han absorbido sus músicos y escuchas todos aquellos buenos conciertos internacionales que han presenciado allí, en la tierra Azteca.

Así mismo, estos 9 músicos dejan por sentado la constancia, el emprendimiento, el cariño por hacer las cosas bien, el estudio, la cordura y las ganas de hacer las cosas y no por buscar algún trasfondo vacío y banal.

Los Ska Makers han grabado 9 cortes tremendos con atmósferas sonoras lindas, tiernas, pegajosas, poderosas, atractivas y muy bien auto producidas que no tienen por qué acomplejarse ante cualquier otro título extranjero. El álbum arranca con un instrumental (Las Noches de Salomón) llamado por un potente Burru del que seguro bateristas como Lloyd Knibb, Daisuke Ohno, Scott Abbles, Eddie Ocampo, Willie McNeil o Kenrick Rowe estarían orgullosos y lo bailarían, además.

Un Rhodes inquieto y preciso sustituye el tipo color básico del piano dentro del Ska, dándole no sólo “modernidad” o energía pseudo Disco Music sino la profundidad que la línea de metales y bajo marcante necesitan. Un sabrosísimo tema que tiene para mi un 10/10 no sólo dentro del repertorio del álbum sino como una acertada elección para que sea la bienvenida al álbum.

Le sigue Hey Girl, seguro la favorita de muchos/as en la audiencia (lo digo sin saberlo eh!). Lover’s mood en letra y armonía. Rocksteady con la máxima inspiración de esas melodías entrelazadas con palabras llenas de frenesí; si le preguntamos a Alton Ellis sobre este track, seguro le pondría un asterisco. ¡Bellísima!

Rock & Twist seguro puede sonar en la pista de baile más retro; Rhythm & Blues jamaicano con esas pinceladas del llamado “Twist” o “Swing” dancing. Sencillo, despreocupado, inconscientemente te hace si quiera ir marcando el tiempo con el pie. El guitarrista y cantante de los Ska Makers Jorge Luis González a.k.a. Grisliman parece haberse tomado una píldora con componentes entre Elvis Presley, Prince Buster, Derrick Morgan y Ferdie Nelson.

Volvemos a un inicio con Burru Style, más ligero en energía que el track que abre el disco. Caimán me da una impresión entre divertida y “tosca”, pero que ese “tosca” no se entienda mal. Me invita a imaginarme un personaje dicharachero, grandilocuente, torpe a ratos, pintoresco y bastante particular. Sabroso para subir el volumen y dejar que especialmente los solos del brass te envuelvan.

Particularmente me encanta la orientación que tiene este trabajo; desde cómo se fue armando cada canción y desde cómo fue escalando cada track en su orden hasta el engranaje de sus composiciones. Pasamos de la fiesta y el dancing sabrosón a un episodio auditivo más “reflexivo”, más de “disculpas”, y en general más lleno de verbos, adjetivos y frases que engranan asuntos que solo se tratan en la intimidad de dos.

Listen When I Say, con línea de bajo de mega archiclásico jamaicano y en término general a ratos, este corte es un Riddim que de aquí a Tristán de Acuña, funciona perfecto siempre y cuando le pongas una buena frase de metales y una adecuada línea vocal. Esto lo lograron los Ska Makers. Seguro Jackie Mitto o Gladdy subirían el pulgar.

Ajá, un poquito pasados de la mitad del álbum nos vamos hasta 1969. The Hippie Boys, The Soul Vendors, Toots & The Maytals. Un Skinhead o amante de ese sonido early seguro pondría en repeat este elástico y suculento corte Caribbean Killer, mercenarios de notas y sexys melodías ante palmeras, olas, arena, ardiente sol y comida bien condimentada.¿O tal vez entre barrios de Londres? En un 45'' y pinchada en pleno soundsystem de cualquier rincón del planeta esta canción seguramente dejaría muy bien parada la rumba.

Recuerdo que la primera canción que oí de este grupo es la que sigue en el álbum, la escuché junto con alguna versión de uno de los cortes del hasta ahora más reciente disco de los japoneses de Cool Wise Man. Cuando oí Blue Steady me dije: “Esta banda tiene futuro. Y si piensan de más cuestionándose, buscando mejor a diario lo que hagan, estudiando más, esforzándose más y buscando salir de las redes discursivas y 'éticas' del underground, serán toda una sensación".

Oyéndole acá en el disco, pensaba en lo complicado que es para uno como músico, productor y soñador de la música echar hacia adelante un proyecto. Comenzando por lidiar con los demonios internos que uno trae de fábrica y que a diario uno debe limar y reciclar. A ello le sumamos que tenemos que hacernos “amigos” de otros “demonios” ajenos. Siempre se debe perseguir la idea de dejar las cosas claras, aflorar la mejor convivencia posible y respetar, así como converger lo que para ti puede ser rojo y para mi naranja. Blue Steady me llama a imaginar la lucha diaria que estos chicos pasaron para materializar este álbum. Los ensayos, las discusiones, los puntos que chocaban, en fin, pero al final encontrándose todos con el mismo objetivo: el hacer música y echar a flote el proyecto. Otro Rocksteady grato, amable, con todo ese mood de final de los 60.

En la recta final del disco aparece el corte que matiza y “tambalea” el tracklist. Una canción con energía “dark”, un poco tensa pero en general bastante arábica. Su nombre deja más que claro por dónde va/fue la inspiración: Salam Malecu. La palabra “Salam” seguro ha sido oída por muchos en este lado del mundo (tengan o no conocimiento o vinculación a lo islámico), y ésta traduce literalmente “paz” dentro de la etimología árabe.Frecuentemente se usa en todos los países donde el Islam se practica.

Ok, entrando de nuevo en materia, esta canción me lleva a Keops, a las profundidades de algún desesperante desierto en Egipto o cualquier otro rincón del medio oriente. Danza faraónica, hipnotizantemente instrumentada, extraordinariamente conceptualizada. Me gustan las reverberaciones en los solos y especialmente el trabajo del órgano y la aparición “fantasmal” de la melódica. Prince Buster hubiese podido declamar en Salam Malecu perfectamente.

Por lógica, todo disco ha de tener un sencillo promocional. De hecho, el manejo de la música en estos tiempos ha mutado un tanto las cosas. Si bien en diversos géneros, los discos larga duración no dejan de producirse, la producción de estos no es la misma de hace 20 ó 30 años atrás. Hay muchas disqueras, solistas, bandas que y con todo este rollo de las plataformas digitales, se enfocan esencialmente en ir editando singles promocionales cada cierto tiempo (3 ó 4 meses) para al año ir teniendo unos 4. Algunos con esto hacen EP’s, otros lo manejan como adelantos de un posible disco u otros simplemente lo ven como singles. Así pues, en temas llega el final del álbum presentado por esta novel agrupación Poblana a la que de verdad hay que mirar/seguir muy de cerca.

Hasta Siempre barniza el pan o cubre el pastel dejándole impecable. Un poco Jazzy/Swing/Shuffle sin pretensiones de “empalagoso” virtuosismo propio de la “Generación Y” O “Millennial”. Melodía un poco llena de “curvas y arbustos” en el camino pero que al final lleva a una recta de un lindo paisaje que justo se llega a admirar mejor cuando arranca el solo de guitarra. Es una composición un tanto “abstracta” que tal como dije, destaca por ser la más jazzosa del repertorio. Me invita a reflexionar sobre esas “trabas” o piedras en los caminos de cada quien, ésos que nos llevan a transitar por la vida, obstáculos que a pesar de ello vienen con color, con trasfondo con cielos, brisas, lluvias u hojas de árboles caer. Todo ello sentí oyendo esta canción que por cierto llegó a recordarme algunas bandas japonesas como The Little Elephant o Sideburns.

¡Ah! antes de culminar con la cereza del pastel, por supuesto es importante exponer puntos como la mezcla, el master o el diseño del álbum. Honestamente no es un disco que en trabajo de mezcla me deslumbre, pero por otro lado puedo perfectamente entender el enfoque nada pop o nada “experimental” en sonido y a su vez puedo entender las circunstancias de esfuerzo económico, energético y circunstancial que este trabajo pasó. Aún así, es un disco que suena mejor que muchos otros del género y es que tal como antes mencioné el álbum en cuestión no tiene por qué “bajar la cabeza” o “apenarse” ante algún otro trabajo de afuera.

Tengo que destacar además el ingenio y la autogestión que el disco tiene en este punto de mezcla. Quizá no sea nada innovador o sorpresivo porque hoy en día muchos otros grupos o artistas aplican la misma fórmula de complicidad tecnológicas con los “Home made” o “Do it Yourself”. Iván Jaque y Jorge Grisliman Gonzalez, dejan notar lo cuidadosos que fueron en este proceso que aunque no me deslumbra, debo decir merece el respeto necesario por lo sensato del trabajo.

Los Ska Makers. Foto: Pau Macías

El ingeniero en cuestión (Iván Jaque) es un amigo de la casa, trabajó (e incluso trabaja) con Los Guanábana (durante mucho, una de mis bandas mexicanas favoritas) quienes pudieran ser los “tíos” o “padrinos” de Ska Makers. A su vez, este caballero hace lo propio con Abbaba Soul otra de las crecientes agrupaciones de Puebla en el ámbito alternativo, prima hermana de los “Marcadores” si a Jamaican Muzik se refiere y en donde Mr Grisliman también toca.

Referente al tópico de la masterización, esta me agrada y es que suele aferrarse a lo que realmente significa este proceso en la producción de un disco, y no es más que plasmar una muy buena grabación (en microfonía y en colores) y una muy buena mezcla en un formato que le dé su máxima fidelidad, tal como por ejemplo es el Vinyl. Sin embargo, la masterización ha pasado a otros cánones, especialmente con formatos no físicos o formatos como el CD y aunque hay cosas bien “Bright” (brillozas o agudas) que pueden ser interesantes dependiendo el género, en este caso siento se entendió muy bien esa opacidad y “cremosidad” rica; idónea, perfecta para la mayoría de las composiciones que acá se hallan.

Finalmente el diseño gráfico es otro punto bien importante dentro del cierre de este review. Y aunque debo decir no me flechó por completo, sí me maravilló lo maduro y lo bien direccionado que fue, buscando escudriñar para llegar a una raíz cultural, antropológica, “morfológica”, rica, colorida, chispeante, flameante y por encima de todo autóctona y/o folklórica. Como escribí líneas atrás, si bien este concepto artístico no es el que más me agrade, sí que objetivamente debo decir la ilustración así como la paleta de colores y la composición de cada uno de sus elementos enganchan. Es como cuando se es “prejuicioso” ante una cosa.

Por ejemplo: sabemos el Aguacate forma parte del ABC en la gastronomía mexicana,un fruto versátil y digno en cualquier rincón de México para hasta untar una tortilla. Pero, en países como Brasil, esta fruta se usa de manera contraria, citando como muestra jugos o postres. Entonces, pudiera ser este punto del diseño gráfico en el disco, como si a un mexicano le ofrecieran un helado de Aguacate y éste arrugara la cara, pero al final se dejara llevar y dijera “órale, está bueno eh”, aunque no sea lo que más vaya a consumir o aunque no vaya a montar su propio negocio local al llegar a México de “Helados o Paletas Azucaradas de Aguacate”.

La diseñadora mexicana Ludvila Lu hizo una gran obra con el arte de este disco, demostrando lo vivo que es no sólo el arte mexicano sino las raíces de una cultura ancestral a la que por mucho el resto del continente le debe y que dándose la mano con la hoy preservada cultura Peruana-Ecuatoriana representan de las cosas más gratas de Latinoamérica (con el respeto y admiración que cada raíz cultural en el resto del continente merece).

El track #10 es El Dub de Salomón que traduce a una “desfiguración” de Reverbs y Deelay’s al más puro estilo de la escuela Tubby-Perry apoyada en el tema que abre el álbum para, de la mejor manera empacar este “pastel sonoro”: pintoresco, dulce, suave, esponjoso, nivelado en sabores y tan bien decorado que provoca más bien admirarlo un buen rato antes de ir a la experiencia gustativa. Desde que ves el álbum en tus manos hasta que termina. El debut de estos chicos te incita a decirte a ti mismo/a:“…el disco se me ha hecho corto” y ahí no queda más que volver a darle otra vuelta para saborearle de nuevo.

Que este álbum de los Ska Makers y mis palabras, funjan como motor a apoyar su escena local, a dejarse de estupideces retro-vintage (como no oír cosas recientes que ahora mismo pasan y son de alta gama). Que puedan comprar los álbumes de los artistas o bandas nacionales, que paguen los boletos para sus shows, que las recomienden entre amigos, que les brinden el respeto que merecen dentro y fuera de la tarima y que cada uno desde lo que sabe hacer aporte para realzar y dejar crecer la movida local, dejando los egos o la arrogancia a un lado.

Este review fue no solo un gusto “literario” de medianoche para mi, fue una catarsis a la motivación; motivación de alimentar mis ganas ávidas de oír y degustar cultura. De encontrarme con gente que a lo largo y ancho del mundo hace cosas lindas y bien logradas. Fue y es además una crítica para los personajillos ególatras de la movida/escena Ska/Reggae. Ojalá lean esto y oigan el disco de estos 9 chicos de Puebla que sin duda acaban de hacer historia en las páginas del Ska mexicano. Ojalá cuando alguien en una radio, en un medio impreso, en un pequeño sello disquero o en un lugar para conciertos les toquen la puerta, puedan (de lado y lado) ser respetuosos y puedan (si ésto lo amerita, en cuanto a contenido y calidad) darles una oportunidad.

El ska está más vivo que nunca en México y Latinoamérica y hoy los Ska Makers lo dejan más que claro.

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