El hombre de las cuatro cuerdas


Por Emi Graffignano / @graffignano
Fotos: Sergio Carluccio

Noche del 1 de octubre de 2014. Me encontraba en el mítico local bailable cordobés llamado Casa Babylon, lugar clave del under y no tan under de la movida cultural de la Docta. En el escenario, The Skatalites. Sonido impecable, los característicos vientos al frente, el ska en su máxima expresión, un lujito. Sin embargo, mi atención se centraba en otra cosa, casi hipnótica. De toda esa perfecta escena musical, yo sólo podía centrar mi sentido del oído sobre el juego de dedos que estaba efectuando Val Douglas sobre su bajo headless. No sé cómo, sólo empecé a percibir las bajas frecuencias. El resto, fue segundo plano. De repente, el tipo quedó solo: bajo y bata al frente. Power. Improvisación sobre la base de James Bond Theme. Al instante, dub. Wow, mi cabeza explotaba. La sonrisa se quedó en mi cara como engrapada. Ahí estaba yo, un bajista amateur, escuchando a uno de los exponentes más grandes de ese instrumento haciendo su magia y confirmando mi amor por el bass. Tarde del 1 de octubre de 2015. Ahora investido de periodista. Me dirijo en la línea D del subte para encaminarme a San Telmo. Val Douglas me aguarda para entrevistarse conmigo. El círculo se cerró a la perfección. 

¿Cuál fue tu primer contacto con el bajo? 

Mi primer contacto con el bajo… ¡Oh, hombre! (risas) Bueno, es una larga historia. Cuando apenas tocaba la guitarra conocí a dos chicos. En ese momento yo iba a un colegio secundario muy bueno. Uno estudiaba ingeniería mecánica como yo, lo conocí en el primer año, y el otro estaba en primer año de ingeniería electrónica. Estábamos juntos en la misma clase porque era una cátedra compartida. A la hora del almuerzo íbamos a una cafetería grande que se llamaba Ferguson Hall. Todo el mundo lo frecuentaba. Había un piano en un costado de la cafetería, entonces cada vez que íbamos estos dos tipos se ponían a tocarlo. Tenían una banda llamada Mighty Mystic. Uno era el guitarrista y el otro el tecladista. Los dos se sentaban en el piano mientras almorzábamos o después de comer. A veces ni siquiera tenían hambre, sólo querían hacer música. Toda la clase se sentaba alrededor del piano cuando ellos tocaban diferentes canciones, muchas conocidas como las de Jackie Mittoo, por ejemplo. Así que gracias al guitarrista me empecé a acercar a los instrumentos. Yo tocaba un poco la guitarra así que a veces agarraba el bajo o me sentaba en el piano. Tenías la sección del bajo, el guitarrista iba al medio y el tecladista real tocaba desde un sector apartado marcando la base. Eso es lo que hacíamos habitualmente. Las clases comenzaban en Octubre y terminaban en Julio, y esto que te cuento transcurría en Abril. La gente y los profesores preguntaron si podían dar un concierto en la cafetería, armar un pequeño escenario con un presentador y una banda que había justo para tocar durante el almuerzo. Entonces nos dieron el ok y dos semanas después tocamos ahí. Una semana antes el bajista de la banda tuvo un problema y no podía tocar entonces yo lo reemplacé. Una cosa fue llevando a la otra hasta que finalmente me encontré con el bajo y no lo solté más. Hacíamos shows gratuitos y por ahí surgían algunos trabajos. Los chicos de la banda me decían que, como ya sabía un par de líneas de bajo, tocaba un poco el piano y la guitarra, entonces ya podía tocar el bajo tranquilamente. Me acuerdo que dimos un show un miércoles antes de Semana Santa. Ensayamos un montón hasta el otro día, que teníamos que tocar. Estaba muy contento porque me salían todas las notas. Pero cuando nos juntamos con el resto de la banda ya no me sentía tan seguro, estaba bastante nervioso (risas). A partir de ese momento y después de practicar mucho, ya me gustaba que me llamaran bajista. Podría decir que yo no elegí el bajo, el bajo me eligió a mí.

Leé la entrevista completa entrando acá.

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