Somos lo que somos

Hace tiempo está instalada la discusión acerca de si está bien o mal “seguir culturas ajenas” a la de tu país o nación. Te llaman vendepatria si disfrutás de un buen rock inglés o acaso de tildan de incompetente para opinar sobre ciertos temas “porque vos no escuchás música de acá”. Es cierto que el populismo argentino está instalado en la cabeza de las masas como algo que define el amor hacia tu tierra, y hay ciertas cosas que pueden herir susceptibilidades, pero la música es un patrimonio humano, de todos, sin importar su origen. Y no estamos juzgando ni defendiendo posturas de madera, sino que, desde el punto de vista más alejado posible, queremos desmitificar aquella idea loca de que uno no ama su tierra por apreciar culturas de todo el planeta. Si una piba se calza una remera con la bandera de Gran Bretaña será crucificada por muchos ortodoxos de esta patria, pero seguro ella no sabe por qué la usa, y quienes la critican no entienden que eso es producto de un capitalismo globalizador, que escapa a una prenda de ropa. Pero el quid de la cuestión –como es común en Cool Ruler- es la música. Que un pibe de Córdoba, La Rioja, Neuquén o Jujuy se llene el reproductor de música con reggae (o cualquier otro género, sólo que el folklore jamaicano nos enloquece a quienes hacemos esto) no impide que sea defensor acérrimo de su patria, o que la ame por igual que aquel par que decide inclinarse por un cuartetazo o una cumbia. Sin ir más lejos, ¿cuántos contemporáneos nuestros escuchan un buen gato, un carnavalito, una chacarera o una zamba? Me arriesgo a decir que muy pocos. Y al igual que el que escucha reggae o rock (o funk, o jazz, o metal, o lo que sea) fueron influenciados para que así sea. No nacieron encasillados, ni creo que lo estén por amar un género musical. Después de todo, como dice Pety y todo Riddim, “Music Is Life”.