Un culto a la música


Por Emi Graffignano / @graffignano 

Salís de un primer piso en el barrio de Almagro y tratás de ubicarte para donde encarar. Apenas vas comenzando tu segunda semana de vida en Buenos Aires y para un cordobés recién llegado es demasiada información en la cabeza. Sin embargo, no te importa. Tenés una sonrisa de oreja a oreja. Te quedás pensando. Acabás de despedirte de una de las personas que más te hizo (y hace) flashear con la música, esa persona a la que siempre quisiste entrevistar o al menos conocer. Mientras intentás dilucidar dónde tenés que tomarte el bondi que te lleva a tu nuevo hogar hacés un racconto de la experiencia. Tratás de asegurarte de no haber quedado como un pelotudo frente a quien verdaderamente admirás, porque aunque fuiste en rol de periodista, en el fondo tuviste que caretearla muy bien para aguantarte el “¡Loco, me estalla el cerebro escuchar Dancing Mood! ¡Dame un abrazo!”. Te despreocupás; lo hecho, hecho está. Ponés música al azar en el celular y suena “The Chicken”, el tema de Jaco Pastorius adaptado por Hugo Lobo. Sonreís. Nada es casualidad. Hoy por hoy es mucho más fácil acceder o consumir cualquier estilo musical. 

¿Cómo llegaste vos a los ritmos antillanos en una época en donde el cassette era la moneda corriente? 

En esa época uno iba enlazando de una cosa a la otra. Por ejemplo, como todo pibe de mi generación, yo me acerqué al ska por los Cadillacs. Por los Cadillacs conocí gente en común del público de ellos que escuchaban cosas parecidas, como un compilado que había, muy conocido, que se llamó Dance Craze, donde estaba Madness, The Specials, The Selecter, English Beat, Bad Manners, The Bodysnatchers… las seis o siete bandas que estaban en Inglaterra en ese momento haciendo la segunda ola del ska, más rockeado, a fines los ’70 principio de los ’80 y que acá llegó a mediados o fines de los ’80. Pero fue así, empezando a conocer esas bandas, investigando también, pero te estoy hablando de cosas como que uno escribía cartas por correo a fanzines de España o de Inglaterra. Escribías un carta y tenías que esperar tres o cuatro meses que te llegue una respuesta con un fanzine informativo de la movida del ska y de dónde venía y este tipo de cosas, entonces éramos 50 o 60 personas fanáticos de este estilo que hacíamos eso. Después también había disquerías en Belgrano, ahí por Cabildo, donde te grababan vinilos. Vos llevabas un cassette virgen y elegías “tal vinilo” -que tenían importados- y te lo grababan. O te hacían compilados de lo que vos elijas también. Entonces, uno iba conociendo el estilo de esa manera. Es muy loco porque empezamos escuchando, la mayoría, el ska contemporáneo y llegamos a entender que venía de fines de los ’40, principio de los ’50. En un show de los Cadillacs fue la primera vez que yo escuché The Skatalites. Antes de tocar estaban pasando un video de un Sunsplash y aparecieron con Prince Buster y dije “qué bueno que está esto”.

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